El hermano mayor (escrito en mayo 2006)
Ya se sabe, que por circunstancias inexplicables de la vida, nos toca hacer funciones que jamás imaginamos. Eso me pasa con Dani, y con Piña, con quienes me toca hacer el falso papel de hermano mayor. Falso porque no soy, aunque entiendo que la figura que me ponen ellos es esa misma, y porque he de confesar, yo también la asumo. Con todo lo que esto conlleva.
El tema de hoy es Piña, ese pequeñuelo que me adoptó muy a mi pesar como su hermano mayor, cuando sólo era él amigo de mi primo pequeño. ¿Verdad Diego que nunca hay que decir mentiras? Me pregunta Piña, que tiene 12 años y que, además de (nada) angelical, es mentirosÃsimo. Grave asunto. La pregunta me la hizo hace más de un mes y todavÃa no le respondo. Es más, creo que me voy a esperar unos 10 años para tratar el tema con él. No quiero correr el riesgo de decirle que nunca hay que decir mentiras por varias razones. La primera porque la expresión misma me parece una gran mentira. De grado o por fuerza, por buenas o malas razones, por provecho o por placer, los humanos mentimos a todas horas. No bien acabamos de fulminar a algún primo o hermano menor -y supongo que con los hijos debe ser igual- por haber sido sorprendido en flagrante (y fragrante) mentira, cuando suena el teléfono, el pequeño delincuente contesta y nos dice con su voz más odiosa: es Rodrigo, que si ya tienes listo lo que te encargó. ¿Y ya le dijiste que sà estoy? SÃ, Diego, nunca hay que decir mentiras, responden en tono vengativo. Dile que estoy con el doctor, que me está sacando sangre porque parece que tengo paludismo. Que me deje un teléfono, cualquiera, y yo me comunico a más tardar en un mes. En ese exacto momento, el pequeño queda listo para un largo tratamiento psicoanalÃtico -que pagará su padre, eso es lo mejor-. Lo mismo con la tÃpica llamada: ¿ya vienes en camino? Claro, estoy aquà a punto de llegar. En realidad ni siquiera nos hemos subido al auto. O sea que no es posible responder tajantemente que nunca hay que mentir. Cae más pronto un hablador que un Diego (se ha comprobado estadÃsticamente que yo caigo con más frecuencia que los cojos, asà es que hay que actualizar el refrán).
Por todo esto, he decidido esperar 10 años antes de contestarle a Piña su pregunta; porque tampoco es cosa de alimentarle su ya natural inclinación a mentir con la soltura e intrepidez de un lÃder sindical. En esta década espero que lea muchas novelas (mentiras más verdaderas que la verdad, dice Proust), que lea a Huxley (los humanos sólo soportan la realidad en dosis mÃnimas), a Oscar Wilde en su bellÃsimo ensayo La decadencia de la mentira, a Vargas Llosa que ha escrito que en toda mentira lo que hay es una verdad embozada (por ejemplo, que para Rodrigo no me da la gana estar), a Plinio El Joven (los poetas tienen el derecho y la obligación de mentir) y a Jorge Luis Borges que dice (cito de memoria, que no es buena): hay dos maneras de contar mi historia: puedo decir, yo nacà en Buenos Aires en 1899 (lo cual es cierto) o bien: éste era un rey que tenÃa tres hijos (lo cual es todavÃa más cierto). Leerá también, yo espero pues, a Bertrand Russell, y aprenderá que no hay verdad que no tenga alguna dosis de mentira y de violencia y que no hay mentira que no rescate su poco de verdad y de compasión. Aprenderá también que yo le quiero y que eso no es mentira. Y ya.