Entonces eso es la vida, un día te levantas y tu vida da un giro total. Te cuestionas a ti mismo acerca de la conveniencia de salir de la cama ese día o no. Consideras incluso la opción de arrancarte el corazón, aquella parte que no responde a las órdenes del cerebro, al traidor. Consideras eliminar todas las ansias que te provoca escuchar ese nombre, recordar esa voz y esos labios. Te levantas de la cama y ya te estás rompiendo. Caes en pedazos pero te levantas, y llegas al espejo. Te miras y observas lo que hay de ti, que no es mucho, intentas sonreir y apenas logras esbozar una pequeña sonrisa. Pero algo es algo, ayer no llegaste ni a eso, ayer cuando se te acabó el mundo.
No desayunas, porque no tienes hambre, porque no tienes ganas de perder el tiempo en eso. Porque hay cosas que carecen de sentido si no se hacen con alguien más. Y sales de casa, y te subes a tu auto. El auto también va solo. Nadie se queja de tu música, ahora todo es distinto. Y llegas a tu oficina y empiezas a trabajar en automático.
Hoy las llamadas ya son otras, o son las mismas, no lo sabes. No prestas atención a nada porque tu mente está recordando tiempos mejores. Y pones en tu iPod el playlist más triste de todos. Esas canciones tristes que has coleccionado toda tu vida. Y sales a comer, poco. Y fumas, mucho. Mucho más que nunca. Y tomas agua, poca. Con la esperanza de secar el dolor. De ahogarlo. Pero no lo logras y sigues trabajando hasta que es hora de irse. O hasta que terminas, lo que pase primero, y no lo notas.
Te subes al auto y como las últimas 6 tardes, lloras debajo de esos lentes oscuros. Y lloras todo el camino sin importarte si la gente te ve o no hasta que suena el teléfono y contestas. Y son tus amigos y sonríes un poco. Llegas a casa más rápido, tienes un instante de felicidad y hay que aprovecharlo. En el camino encuentras a más amigos. En el camino, y no te das cuenta. Y así comienzan a hacer nada, como todas las tardes, como tantas tardes. Y ríen, y cuentan historias, y ven videos. Y no recuerdan lo mal que la han pasado en los últimos días. Y ves que el camino, aunque lleno de niebla, no tan oscuro. No es tan confuso. Te dejas de preguntar que sería de tu vida si los acontecimientos hubieran sido diferentes. Y dejas de pensar en la muerte. Dejas de cuestionar a tu propia mente, a tu corazón. Dejas de llamarlo traidor.
Y comienzan a caminar juntos, sin destino, sólo por el gusto. Y así pasan las horas hasta que se sientan.
Y se divierten con las sombras que se refejan en el suelo. Se divierten haciendo trucos con monedas, tomando coca light. Se divierten olvidando sus problemas y conoces gente nueva. Gente que hace trucos con monedas, que te comparte sus experiencias sin ninguna otra intención que platicar. Y ves que hay más gente que le da gusto verte aunque sea de vez en cuando, y ves brillo en los ojos de muchas personas y ríen. Todos ríen.
Y olvidas los pedazos, y olvidas el mundo de las percepciones. Y ves que el mundo tiene magia, en cada momento. Y olvidas tantas cosas, tantos momentos, tanto tiempo y a una persona. Comienzas a olvidarla poco a poco. No vuelves a maldecir la hora en que se conocieron. Te agarras como puedes de lo que encuentras, para no caer.
De eso se trata la vida Diego, de aprender de lo que toca vivir, de agradecer la experiencia y olvidar la insistencia. De pasar de adorar ruinas, de rendirle culto al pasado, a la historia, a los ausentes. De abrir los ojos nuevamente. De quitarte los lentes oscuros, de cambiar el brillo en los ojos. De no recordar daños, de sanar heridas con el tiempo.
De eso se trata la vida Diego, de continuar viviendo, siempre feliz, de caer y levantarse, sin importar las miradas y las manos que señalen. Y levantarte al día siguiente más temprano, para vivir más.
De no volver a contestar esas llamadas. De perdonar. De dejar de pensar para llegar a olvidar.
De vivir agradecido.
De saber que estás de regreso, y que los tres siempre son tres. Te lo digo yo, que soy tú mismo más profundo, que dejé de escribir en Iruki para volver aquí.
Adelante, siempre adelante.