Archive for the 'Ojos Remy' Category

Música de piano

Saturday, May 3rd, 2008 at about 9:57 pm

Desde hacía 5 años, él había pasado todos los días de su vida, sin dejar escapar ninguno, por ese lugar en donde se encontraba -siempre cerrado y aparentemente sin vida- un piano triste. Y sin embargo, ninguno de esos días se acercó más para hacer aquella pregunta que hacía sólo eco en su mente, y le hacía vivir con una intriga infinita, con una tristeza creciente. Él siempre se había repetido a si mismo que lo único peor que una mala noticia, era la incertidumbre. Y así vivía o pretendía vivir.
Nadie elige vivir de esa manera, eso le quedaba muy claro, y se convencía a sí mismo de que lo mejor era no preguntar nunca. Lo mejor era la duda eterna de saber si volverían a encontrarse. 

Y así pasaron esos 5 años, él no dejó nunca de pasar por ahí y de voltear, sin atreverse a preguntar. Hasta hoy. Cuando al despertar escuchó música de piano, y sonrió. Se arregló tan rápido como le fue posible para correr al restaurante frente a su casa. Al llegar, por primera vez en años abrió la puerta y volteó al piano. La música se detuvo, el tiempo también. Y él lloró. 


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El mejor regalo (Escrito en enero 2006)

Saturday, December 29th, 2007 at about 9:44 pm

¿Este año cuál va a ser nuestro regalo? Me preguntaron dos de mis primos el pasado mes de diciembre cuando se acercaba la temporada decembrina. Cada año suelo darles un regalo a cada uno, y este no pensaba que fuera la excepción, sin embargo, quería que fuera algo totalmente diferente. Este año les voy a dar el mejor regalo de todos, les dije. Mentiría si dijera que se mostraron incrédulos, pero sí puedo afirmar que estaban sorprendidos ante tal afirmación de parte mía, suelo ser muy seguro cuando hablo con ellos -aunque dude-.
A los pocos días, mientras hacía unas compras rápidas en el súper mercado, a la salida encontré un árbol de navidad con fotos de niños que vivían en un horfanato, y la idea era que los clientes seleccionaran una de las fotos, que incluía una carta del niño, en la que pedía un regalo de navidad. Gracias al efecto Tepa-Trompo Mágico (del que hablaré en otro post más adelante) el corazón se me hizo chiquito y no resistí tomar una de las cartas, al azar, para ver que contenía y que pedía el niño. Primero venía una breve presentación: Jesús Fernando Gómez G. que mide 1.50, tiene 10 años, es delgado y le gusta mucho el futbol. De regalo de navidad quería un par de tennis, unos pantalones de mezclilla, y unos guantes de futbol. Para garantizar que el niño obtuviera sus regalos, los clientes regresaban a la tienda, compraban lo que quería el niño, y lo entregaban a la gerencia que lo guardaba hasta el día en que se haría entrega de los regalos a los niños en las instalaciones de la tienda, en un desayuno. Compré las cosas y las entregué, y decidí que yo estaría el día de la entrega, pero no iría solo, quería compartir la alegría de dar.
Entonces llegó el día de los regalos, y fuimos a comprarlos. Estando en la tienda les dije, que cada quien escogiera un regalo como si fuera para alguien a quien conocieran de hace tiempo y quisieran mucho. Con sorpresa, lo hicieron, preguntándose para quien serían esas cosas. Como pude eludí el tema, pagamos y nos fuimos, cada uno con su regalo muy feliz, y con otro para alguien más.
Llegamos a la casa y los envolvimos, y les expliqué que al día siguiente iríamos a entregarle el regalo a un niño que a diferencia de ellos, no tenía una familia ni un hogar, pero que merecía tener toda la felicidad del mundo. Les conté que iríamos a entregarle personalmente los regalos, y a conocerle. Y así hicimos, el sábado estuvimos temprano y uno por uno fueron levantándose para recibir sus cosas. Cuando llegó el turno de Fernando, nosotros estábamos nerviosos, y fuimos a entregarle primero lo que compré en el súper mercado, y con eso estaba muy emocionado, y no paraba de agradecernos. Poco después, cada uno de mis primos entregó a él los regalos que habíamos comprado en otro lugar, unas espinilleras de futbol, y un balón. Pero mayor fue la sorpresa cuando además de esos regalos, ellos entregaron otros, totalmente iniciativa de ellos. Y entonces Jesús Fernando no pudo más y se soltó a llorar mientras decía que nunca nadie le había regalado tantas cosas y los abrazó. Después a mí, y con un nudo en la garganta y el ojo Remi, nos separamos para que los demás niños siguieran recibiendo regalos. Les entregaron todo lo que habían pedido y más y había un ambiente de fiesta.
Jesús Fernando nos pidió nuestro teléfono para llamarnos después para saludarnos. No creí que lo hiciera, pero hace dos horas recibí una llamada que me alegró el día, era él. Me contó que juega todos los días y que acaba de entrar a un nuevo equipo de futbol en donde es el portero, y que tiene en la mesa al lado de su cama, la foto en la que salimos los cuatro. Me conmovió otra vez. Y me alegró mucho que mis primos actuaran de esa manera, lo he dicho antes, entre todos tenemos que componer este mundo, y este ha sido un gran principio.

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Gracias Daniel

Wednesday, December 19th, 2007 at about 10:47 pm

Nunca en mi vida, Daniel, me habia sentido tan triste como hoy. Y no crei un dia llegar a decir eso, otra vez. Me parte el alma ver que te vas, y aunque entiendo que vas a una vida mejor, porque la razon me lo quiere hacer entender, el corazon no para de doler. Bien dicen, hay razones del corazon, que la razon no entiende. Hoy me has visto llorar por primera vez en tu vida, supongo que he aguantado, y eso que hemos pasado momentos duros. Me has visto llorar porque me rompe en pedazos desprenderme de ti, sabiendo todo lo que hemos vivido juntos aqui.
Te agradezco infinitamente todos los partidos de futbol que jugamos en el parque, en el Tec, en los Tecos, en donde quiera que tuvieramos la oportunidad. Te agradezco los balones que compramos, los que ponchamos, los que perdimos. Los goles que metiste, lo feliz que me hiciste al verte anotar. Te agradezco infinitamente que me permitieras estar en la tribuna en todos tus partidos con el Atlas. En todos tus partidos con el Barcelona. En ese partido que fuiste campeon con el Atlas, me hiciste llorar de alegria. Primera vez en mucho tiempo, y desde entonces, contigo solo fueron alegrias. La alegria del mundial, de la Copa Confederaciones. Te agradezco todas las veces que fuimos juntos al estadio. A ver al Atlas. A las Chivas. A quien jugara. Te agradezco haber estado juntos en las buenas y en las malas. En la final de las Chivas, en los peores partidos del Atlas. Todas las veces que fuimos a comer tu y yo. A cenar. Todos los tacos juntos, las quesadillas, las gringas, las fantas de naranja con mi padre.
Te agradezco haberme permitido conocer a todos tus amigos, que puedes estar seguro que te adoran. Te doy las gracias por cada vez que fui a recogerte a las escuela, por las veces que te lleve. Por los reportes de tus maestros que firme. Por las tareas que hicimos juntos, por las desveladas estudiando. Te doy las gracias por haberme confiado todo lo que me confiaste. Tus secretos estaran seguros conmigo.
Te doy las gracias por todas las tardes que jugamos Xbox. Por todos los octubres que salimos juntos a comprar el FIFA de cada generacion. Desde el 2004, hasta el 2008. Te doy las gracias por el Xbox 360. Por todas las fotos que nos tomamos. Por las que no te dejaste tomar. Por todos los experimentos que hicimos. Por el lanza papas. Por el regalo de dia de las madres para tu madre. Te doy las gracias por todas las canciones malas que tengo en mi iPod solo para que tu las pudieras tener en el tuyo. Por tus listas interminables. Por todos los cafes de Starbucks que tomamos.
Te doy las gracias por todas las galletas Oreo que comimos. Por el refrigerador que descompusimos. Por todas las manchas en mi coche. Te agradezco infinitamente todas las veces que fuimos al cine. Todas las palomas revueltas que comimos. Las hamburguesas de McDonalds, los conos malos de McDonalds. Los discos que compramos, los zapatos de futbol que compartimos.
No tengo como agradecer todos los partidos del Madrid que vimos juntos. Los goles de Ronaldo. Los de Zidane. Los de Figo.
Te agradezco, las manchas de cafe que dejaste en mi auto. La ropa que nunca me regresaste.
Te agradezco, Daniel, haberme permitido formar parte de tu vida. Te agradezco que pudieras mas que mi primo como mi hermano. Y que sepas que cuando te digo que eres como mi hermano, me refiero a que en realidad, eres mi hermano.
Daniel, me duele que te vayas, pero entiendo que estaras mejor. Tendras una buena vida porque te lo mereces. Y se que cada vez que sonrias, lo haras porque eres feliz. Yo te prometo, que desde aqui, no dejare de apoyarte nunca, en todo lo que hagas.
Sabes Daniel, que te adoro y me parte el alma que te vayas. Pero que estemos donde estemos, siempre estare disponible para ti. Eres lo maximo Daniel.
Te quiero mucho hermano. Te quiero mucho Daniel.

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Hoy

Wednesday, September 12th, 2007 at about 9:03 pm

Me acaban de dar una de las peores noticias en mucho, muuuuuuucho tiempo.
Voy a tardar mucho en asimilarlo.
Supongo que es cierto lo que dicen de que todo tiene un final.
Maldita sea, odio no equivocarme.

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María

Tuesday, September 4th, 2007 at about 8:05 pm

(Esto lo puse en el 2005 en mi blog, despues de ver un documental que me hizo ver las cosas muy diferentes. Hoy vi de nuevo el documental, y quise compartirlo otra vez)

María es de Honduras, de un pequeño pueblo lejos de la capital, aparentemente olvidado de la mano de Dios. Hace algunos años, el huracán Mitch acabó con su casa y todas sus cosas. Acabó prácticamente con sus esperanzas.
María tiene un esposo y cuatro hijos. El mayor tiene 20 años, y está haciendo el servicio militar en Tegucigalpa. Le sigue Mari, de 14 años quien está a cargo de los más pequeños. Después sigue una hija de 14 años y por último el pequeño Antonio. Él dice que no es hondureño, que el es de su mamá. El esposo de María no trabaja, lo acaban de operar hace poco y está en proceso de recuperación. Sólo tienen un molino con el que María hace tortillas para venderlas y sostener a su familia. Pero María no quiere que sus hijos sufran, que pasen hambre. Ella quiere que estudie y no tengan que trabajar. Ella quiere que tengan una vida como la que ella no pudo tener. Por eso se fue María.
Una noche le dijo a su esposo que se iba para Estados Unidos. Estaba cansada de trabajar tanto para moriise de hambre, y estaba segura que en Estados Unidos encontraría una vida mejor. Y así, esa noche se fue sin despedirse de sus hijos, no tenía valor para hacerlo. Y se fue.
Un mes después María estaba en Orizaba, Veracruz, México. Muchas cosas habían cambiado desde entonces. El camino no fue como esperaba, y se encontraba en un refugio para migrantes. En el camino, la Mara Salvatrucha, una pandilla de salvadoreños, que se dedican a asaltar, violar y matar migrantes centroamericanos que buscan ir a Estados Unidos, la asaltó a ella y a sus compañeros de viaje. María pensó qur iba a morir, pero la dejaron vivir. Le quitaron todo su dinero, pero le quitaron más. Perdió su dignidad, la violaron. Desde ese momento no se sentía digna de volver a su casa, no tenía valor de estar frente a sus hijos, de verlos a los ojos. ¿Qué puede ser peor que eso?
Aún así, sin valor, sin fureza propia, por el amor a sus hijos después de una estancia en Orizaba, donde conoció a otros migrantes que en el camino habían perdido a sus padres, hermanos, amigos e hijos, que habían perdido vrazos y piernas, siguió adelante.
Y llegó a Monterrey, Nuevo León, México, donde trabajó durante varios meses, hasta que un día, esta vez sin avisar, se fue a Estados Unidos, y dejó atrás lo que se deja, la familia, una historia y sufrimiento. Lo dejó todo por la esperanza de encontrar una forma de enviar dinero a sus hijos. Dice que planea estar dos años en Estados Unidos, y después regresar, pero no a su casa pues aún no encuentra el valor para volver, a pesar de que sus hijos la extrañan, sobre todo el pequeño Antonio. En el camino encontrará todo en contra: la Mara, la Policía y a los agentes de Migración. Y ayuda y comprensión de los compañeros de viaje, de la gente de Orizaba y de quienes viven en La Patrona.
La historia de María no es única. Cada año pasan por México 200,000 centroamericanos indocumentados que van a Estados Unidos. Muchos no llegan y son deportados. Muchos mueren. Todos son víctimas de malos tratos.
El 56% de la población centroamericana vive debajo de la línea de pobreza. El mundo debe hacer algo. Nosotros tenemos que hacer algo.

La historia de María puede verse en el documental “De Nadie“, dirigido por Tin Dirdamal.

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Teddy (O como uno puede ser importante para un niño de 11 años sin saberlo)

Friday, August 31st, 2007 at about 10:57 am

La semana pasada detuve mi auto en el parque que está cerca de mi casa. No recuerdo cuando fue la última vez antes de ese día que me había detenido ahí. Estuve con unos amigos, y después llegaron los niños pequeños. Quizá ya estaban ahí desde antes.
Y en eso llegó Teddy, un niño de 11 años al que le tengo gran efecto. Su padre, fue maestro mío, y director en la universidad. Un profesor muy serio, y muy estricto, pero siempre y ante todo, una gran persona. Tengo todavía en la mente un día en particular en el que gracias a él comprendí que las cosas por muy serias que fueran, había que tomárselas con calma. Lo más curioso de todo, es que somos vecinos. Y siendo vecinos he tenido la oportunidad de conocer a su familia, y entre ellos, a su hijo Teddy. Ese no es su nombre, pero es el apodo que le pusimos hace dos años, y que hasta la fecha permanece vigente.
Total, que este día de la semana anterior cuando lo vi, me abrazó y después me reclamó.
Me reclamó que tenía mucho tiempo que no iba a saludarlo, y que tenía que prometerle que haría un esfuerzo por ir a verlo más seguido. En ese momento comprendí que sin ser alguien imporantísimo en su vida, he llegado a tener cierta importancia y eso ha creado un vínculo entre los dos. Vínculo que por trabajo, deporte, cansancio y lo que sea he descuidado en los últimos meses, y eso para él no ha pasado desapercibido. Para mí lo más importante es poder ayudar en algo a la felicidad de los demás. Así que ayer en la tarde, cumplí mi promesa.
Después de llegar a casa tras haber corrido unos buenos kilómetros, bañado y un poco cansado, estaba platicando con Nan, cuando de pronto dijimos: “Vamos a buscar a Teddy”. Cuando llegué al parque vi a unos niños que jugaban fútbol. Todos eran amigos de Teddy pero él no estaba ahí. Todos se divertían jugando con uno de los vecinos, que es futbolista profesional del equipo más importante de México. Yo preguntaba a todos por Teddy y de pronto, apareció. Primero lo estuve viendo jugar, y después ante la invitación, no tuve otra opción (además con gusto) que jugar con él. En cada gol que anotaba corría hacia mí para festejar juntos. Jugamos cerca de media hora y al final cuando nos despedimos me dijo: “Gracias por venir, sabía que ibas a cumplir”, y me abrazó.

 A partir de este viernes, y cada semana, estaré participando en este flog: Ventana al Mundo. Es un flog temático y hoy aparecí por primera vez. Gracias a Chien por invitarme.

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Una historia mil veces contada - Parte 4 y final: Tu vida sigue

Saturday, March 31st, 2007 at about 12:19 am

Matías escribe:

Ese día perdí mucho más que dos hermanos. Perdí una parte de mi infancia, de mi inocencia, de mi felicidad. Perdí la ilusión de mis padres por un tiempo, la atención y el cariño. Perdí tantas cosas, que me costó mucho trabajo reponerme. A nadie le preocupaba el otro hermano, el que vivió. Y eso me dolió mucho, aunque yo no lo entendía y nadie lo veía.
Me perdí, dejé de sonreir, mi vida fue oscura mucho tiempo. Ni con toda la ayuda psicológica que mis padres me facilitaron, podía recuperar mi vida. Ya nada era igual. Nunca lo fue. Me convertí en una persona triste, que se enojaba fácil, egoísta. No creía en las promesas y dudaba siempre del mañana. Me convertí en el niño de hoy. Las cosas se hacían o no, en el momento, nunca después. Nadie me garantizaba un después.
Y así fui muchos años, hasta que un día entendí, cuando me lo dijo mi madre, que mi vida seguía. Tu vida sigue Matías, vívela. Y desde ese entonces la vivo por mí y por mis hermanos. Tengo una foto en la que salgo con mis hermanos que tomamos ese viaje a Manzanillo, enmarcada en mi habitación. Es mi tesoro más preciado, lo que me recuerda cada mañana que un día fui más feliz que hoy. Que si tuve la oportunidad de seguir vivo, debo agradecerlo y hacer algo por ello. Algo con ello.
Alan e Iván viven en el recuerdo de mis padres y en el mío. Viven en nuestro corazón. Y en el de todas aquellas personas, que como Diego y su familia, no los han olvidado.
Hemos contado esta historia ya mil veces antes. Esta es la mil uno. Pero con esta es suficiente, no la volveremos a contar. Hoy, ni ellos ni nosotros lo necesitamos. Alan e Iván, los adoro y los extraño. Diego, gracias por todo.

Diego escribe:

Iván fue mi compañero de escuela, aventuras, juegos, travesuras y de una parte de mi vida. También lo fue Alan aunque fuera el más pequeño. Y lo sigue siendo Matías.
Después del accidente, tuve que asistir a terapia mucho tiempo, cerca de cuatro años. Quizá más. Perdí el interés en muchas cosas, entre tantas en mí. No hablé durante meses. Me limitaba a decir presente, hola y adiós. No comía y perdía muchas más cosas sin darme cuenta.
Mi familia se desesperaba y trataba de ayudarme, y yo me sentía cada día peor. Estaba en un círculo vicioso y no me daba cuenta. Iba de caída y no intentaba detenerme con nada, ya no hablemos de salir.
Hasta que un día, mi madre me dijo también: Tu vida tiene que seguir, no te estanques en el pasado. Y comencé a intentarlo. Me costó muchos años. Y algunos de los que me conocieron después del accidente, sabrán que me costó mucho superarlo. Citaba siempre ese día, y lo utilizaba de pretexto para muchas cosas. Me negaba a encariñarme con la gente, porque mis amigos se mueren, decía. Y el que iba muriendo por dentro era yo.
Un día, estando de visita en el panteón, se me acercó un señor y me dijo: tienes suerte de estar vivos, y ellos tienen suerte de que los vengas a visitar. Sus palabras me hicieron entenderlo. Mi actitud cambió. Tengo sólo una foto en la que salgo con ellos. La tengo en mi recámara, y nunca la quito. Está cerca de la puerta y la veo cada que me voy. Yo tampoco los he olvidado.
Hemos contado mil veces esta historia. Esta es la mil uno, y ya no la volveremos a contar. Hemos logrado cerrar el ciclo. Hoy ellos y nosotros estamos bien, no es necesario contar esto otra vez. Iván, Alan, los extraño. Yo llevo conmigo siempre la cadena que usó Iván hasta el día que murió. Matías, gracias por ser uno más de la familia, y viceversa.

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Una historia mil veces contada - Parte 3: La tristeza infinita

Friday, March 30th, 2007 at about 8:04 am

Los paramédicos me pusieron sedante, argumentando que querían mitigar el dolor. Yo aún hoy, lo sigo dudando.
Después de un tiempo llegamos al hospital, y ahí fuimos recibidos en el área de urgencias. Yo la verdad no sé que pasó ahí, y tampoco tengo mucho interés en saberlo, aunque hay partes que conozco después de escuchar lo que vivió cada quien. Si me preguntaran hoy, hay detalles que preferiría no saber, pero que conozco y no puedo hacer nada para evitarlo. Además, conocer, o no, los detalles de la historia no la cambian en nada.
Esa noche desperté en la cama de un hospital, y vi a mi lado a mi madre. Para cualquier persona supondría un alivio saber que su madre está al lado, y lo fue para mí, pero al mismo tiempo, yo sentía que algo estaba mal, su rostro me lo decía. Me preguntó como estaba, pero que no me esforzara por hablar. Hablar, nunca me ha costado mucho, ni aún en esas circunstancias. Después de analizar que tenía un collarín, un brazo inmovilizado, y múltiples pequeñas heridas y una que otra puntada, me di cuenta que estaba bien. Mareado, golpeado y adolorido, pero bien. Al preguntar por los demás, la mirada de mi madre me quitó la esperanza.
Jamás olvidaré esa frase: chiquito, esto es muy difícil pero tienes que ser muy fuerte, Iván murió.
Lloré. Y lloré mucho. Era una mezcla de tristeza con enojo. Mi madre me abrazó y como pude le correspondí. La necesitaba más que nunca, y ella lloraba también mientras intentaba calmarme sin decir nada. No sé cuanto tiempo pasó así, pero fue mucho. Comencé a preguntar por los demás, y mi madre me decía que estaban en otras camas del hospital, a excepción de Alan, que estaba en terapia intensiva. ¿Terapia intensiva? Nunca había escuchado ese nombre, pero no sonaba bien. Me explicó que tenía una hemorragia intern, y no sé cuantas cosas más. Que estaban luchando los doctores por salvarle la vida, y que no podían dar un pronóstico. Pregunté por Matías y me dijeron que estaba bien, fuera de unas fracturas. Y a los pocos minutos, mientras yo seguía llorando, entró mi padre. Y lloré más. Y así seguí hasta que me quedé dormido.
Al día siguiente, las cosas no mejoraron, e incluso se pusieron peor. Mi madre me anunció que Alan no había resistido, y también había muerto. Dos hermanos en dos días seguidos, el peor de los infiernos para cualquier familia. Supongo que en algún lugar de mi dolor y de mi impresión se me acabaron las lágrimas, porque ya no podía llorar. Cuando el doctor llegó a decirnos que si quería, podía abandonar el hospital, ya que mi salud no presentaba mayor riesgo, pedí ver a los papás de los hermanos y a Matías. Pero no me dejaron.
Nos fuimos a la casa al medio día, sólo para que me dijeran que no podría ir con ellos al funeral, que no podría soportarlo.
Lo que mis padres no consideraban, es que yo no estaba pidiendo permiso para ir. Yo tenía la determinación de ir, con ellos o sin ellos, pero yo iba a ir. Mi argumento dio resultado, y tras intentar arreglarme un poco partimos a las capillas de velación.
La escena no podía ser más triste, dos ataudes uno al lado de otro, de tamaño pequeño, dos padres heridos, más en el corazón que en el cuerpo, y un hermano que había perdido la mitad de su mundo. Cuando sus papás me vieron me abrazaron como si fuera uno más de sus hijos, y es que de cierta manera lo era, así como Alan, Matías e Iván lo eran para mis padres. Todos llorábamos. Cuando me acerqué a la caja de cada uno de ellos, mi llanto fue más intenso que nunca, y no conseguía articular ninguna palabra a pesar de que lo intentaba. Lloré todo ese día. Y toda la tarde, y buena parte de la noche.
A la mañana siguiente fue la ceremonia del entierro. Mis padres me preguntaron si quería ir, con la intención de que les respondiera que no. Pero fui. Durante toda la ceremonia, este día, no lloré. Tampoco podía estar concentrado. En realidad, por primera vez en mucho tiempo tenía la mente en blanco, con la mirada perdida.
Y así, de pronto, en medio del llanto de todos los presentes, bajaron las cajas y comenzaron a echarles tierra. La tierra se lo tragó todo.
Las vidas de los 4 sobrevivientes del accidente, habían cambiado para siempre. ¿Qué seguía?

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Una historia mil veces contada - Parte 2: Abre los ojos

Wednesday, March 28th, 2007 at about 5:05 pm

La camioneta comenzó a girar.
Estalló la llanta delantera derecha, lo que motivó que el conductor perdiera el control del vehículo y se saliera de la carretera y nos volcáramos. Tres giros y medio en total, dijeron en su momento los peritos. Si fueron más o menos, al final ya no importa, el resultado fue el mismo. La camioneta quedó completamente destrozada. Y no fue lo único. Las leyes de la física nunca fallan, y la fuerza centrífuga hizo que I, A, y yo saliéramos proyectados hacia afuera de la unidad.
A los 30 segundos del accidente, cuando ya nada se movía, yo estaba tirado en la tierra, a 40 metros de donde estaba el vehículo. Muy golpeado, con sangre corriendo por todo el cuerpo, y al mismo tiempo sin saber de donde, con el corazón latiendo como nunca en la vida, la respiración agitada, y más miedo que nunca. Mi principal miedo era que no sabía que hacer, así que mi instinto me guió en ese momento. Corrí, o me moví como pude, hasta la camioneta, para ver como estaban todos. Sólo había tres personas ahí: Matías y sus papás y los tres estaban inconcientes. Los vidrios estaban rotos, la camioneta estaba con las llantas hacia arriba, y había un silencio horrible. Como pude, entré a la camioneta y saqué el teléfono móvil del papá de los hermanos y marqué el número de emergencia. Ese número que tantas veces había visto anunciado en la televisión, y que jamás pensé tener que utilizar. Supongo que tenía esa esperanza de no usarlo. Llamé, dicen, con la fuerza que me quedaba, mientras buscaba por todos lados a los hermanos de Matías: Alan e Iván. Sólo encontré a Alan, como dormido sobre la tierra. Le grité ¡Alan! ¡Abre los ojos, muévete, ayúdame a buscar a tu hermano! Y no supe más.
Lo que siguió a partir de ese momento, fue relatado en su momento por la gente que detuvo sus autos al ver el accidente, los paramédicos de las ambulancias y el personal de la Policía Federal de Caminos. Al llegar las ambulancias y las patrullas, comenzaron por sacar a los pasajeros que permanecían en el interior del vehículo. En ese momento, el papá de Matías, estaba ya un tanto conciente, y pudo dar información de que además de los tres que permanecían dentro, habíamos otros tres. En algún lado. Y así fue como nos encontraron. Nos subieron a cada quien a una camilla y fuimos llevados a las ambulancias. Tres ambulancias para seis personas. En la primera de ellas, entraron los papás de Matías. En la segunda, Matías y Alan, y en la última entramos Iván y yo. Y de inmediato fuimos trasladados al hospital más cercano. Esa es una situación que no era tan fácil, ya que el hospital más cercano estaba a 40 minutos de distancia. Pero no había opciones. Me hicieron despertar, no sé como, y yo seguía alterado. Nunca había estado dentro de una ambulancia, y no entendía que estaba pasando. Tenía una inyección de suero en la mano derecha, y me estaban limpiando las heridas de la cara, y el paramédico me dijo viéndome a los ojos: no te muevas. Y no me moví, más por miedo que por obediente. Desde ese momento, toda la atención de los dos paramédicos se centró en Iván, que estaba temblando. Yo le preguntaba ¿Iván estás bien? ¿Qué pasó? ¿Qué te duele?, y dificultaba la tarea de los paramédicos cuando preguntaba ¿Va a estar bien?
En un momento, Iván comenzó a temblar mucho. La patrulla iba cada vez más rápido. Hablaban en términos y de cosas que no entendía (y creo que aún no entiendo), y entonces Iván pudo hablar: D-D-Diego.
En mi casa nadie sabía lo que estaba ocurriendo. Y aquí, en ese momento se apagó una luz.

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Una historia mil veces contada - Parte 1: Éramos felices

Tuesday, March 27th, 2007 at about 8:39 am

Voy a contar una historia mil veces contada. Una historia que ocurrió un 12 de octubre de hace varios años ya.
Habíamos estado tres días en Manzanillo, una playa cercana a Guadalajara, disfrutando del fin de semana largo. Yo había sido invitado, por la familia de mi amigo -a quien conocí según cuentan nuestras familias, el mismo día en que nací- de nombre I. Además de I, viajaban sus hermanos menores: Matías y A.
Según recuerdo hoy, esos tres días que estuvimos ahí lo pasamos de maravilla. Estuvimos nadando, jugando futbol, intentando aprender a surfear en las pequeñas olas que, para nosotros a nuestra edad, eran comparables con las que habíamos visto en las películas que se desarrollaban en Hawai. Supongo que a esa edad, trece, todas las cosas se ven de distinta manera, con otra perspectiva y seguramente hasta en otra dimensión. Así habíamos pasado el fin de semana, felices. Esos días, también habíamos descubierto las motos acuáticas, y con ello, horas de diversión, y de sol. Tanto sol, que los tres hermanos, blancos como cualquier hijo de suecos podría ser, terminaron absolutamente rojos.
La pasamos muy bien, pero teníamos que volver, y así lo hicimos.
Salimos de allá cerca de las once de la mañana, para llegar a Guadalajara a tiempo para comer. Nosotros acostubrábamos jugar todo el camino, y dado que no era la primera vez que viajábamos juntos -lo habíamos hecho toda la vida-, nos sabíamos las reglas a la perfección de cada uno de los juegos. En la camioneta, al frente venía conduciendo el papá de los tres hermanos, mientras su mamá venía en el asiento del copiloto. La recuerdo perfecto, con un sombrero, lentes oscuros y una botella con agua. En la segunda fila de asientos, venían del lado izquierdo A, y del lado derecho I. En la última fila del lado izquierdo venía Matías. Al lado de él, venía yo. Así nos sentábamos siempre cuando viajábamos juntos. Paramos en cada caseta, como suele hacer cualquier auto de 6 pasajeros en la carretera.
Faltaba poco para llegar a Guadalajara, aproximadamente 40 minutos, y poco menos de 10 para la última caseta. Quedamos de ya no parar para ir directo a comer. Nos cumplirían el capricho de todos, e iríamos a McDonalds, la mejor comida del mundo cuando eres pequeño. Estábamos emocionados porque cerraríamos con broche de oro el viaje.
I dijo: Les apuesto que me puedo comer dos Big Mac, al tiempo que volteaba desde su asiento hacia atrás, hacia nosotros para lanzar el reto.
Y en ese momento, la vida dio un giro.

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